- 08 FEB 2012
- 3comentarios
- Pompa y circunstancia
Frente a lo que llevan siglos tratando de vendernos con su 'stiff upper lip' y la flema engullida en Eton y Harrow, el pueblo inglés es el más sentimental de Europa.
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Un sentimental es alguien que quiere retener el sentimiento de la cosa sin su sustancia. Un ejemplo es la Iglesia de Inglaterra, la difusa religión del buen tono en la que durante siglos el verdadero pecado era no saber usar el cuchillo de la mantequilla. Otro es la Monarquía británica.
El rey Faruk de Egipto, que cambió las arenas del desierto por los verdes tapetes de Montecarlo, decía que al cabo de unos años sólo quedarían en el mundo cinco reyes: los cuatro de la baraja y la Reina de Inglaterra. Estaba, pues, entre los que no se hubieran sorprendido en exceso de asistir al Jubileo de Diamante, los sesenta años de reinado de Isabel II.
El secreto de la pervivencia de la Monarquía británica es uno de esos arreglos tan ingleses de dejar la pompa y el aparato y dejar caer la esencia, una incongruencia como la de llamar 'escuelas públicas' a las más exclusivamente privadas del mundo o llamar 'speaker' al único que no puede hablar en el Parlamento.
La Monarquía británica es un larguísimo episodio de Downton Abbey, algo que sirve para llorar un poco, agitar la Union Jack y dedicarse luego a las ocupaciones serias de la vida.
Gran Bretaña era republicana cuando no estaba de moda, que la gente olvida que fue pionera en eso de decapitar monarcas. Eso les vacunó. Los grandes terratenientes, leguleyos y arribistas que habían ascendido a la nobleza y a una inmensa riqueza por el sencillo procedimiento de saquear conventos, se pusieron como locos a buscar dinastías cada vez menos genéticamente creíbles. Todo con tal de no elegir un Estuardo católico que les pudiera afear el hecho de que sus casas señoriales se llamaran 'abbies' (abadías) cuando era patente que ellos no eran abades. Llegó así un príncipe holandés, Guillermo, que no cuajó, y hubo que buscar en Hannover, un reino alemán bastante burgués que les prestó a los jorges. Que se pasasen un par de generaciones sin hablar inglés no les importó a nadie; total, tampoco tenían nada interesante que decir.
La propia Isabel II viene de este injerto y este 'acuerdo entre caballeros'. Su dinastía, Sajonia-Coburgo, tuvo que cambiar de nombre deprisa y corriendo cuando la guerra con el Kaiser dio mala fama a todo lo germánico en las islas. Se decantaron por el nombre de uno de sus castillos, Windsor, en un arranque de innovación que hubiera resultado 'shocking' para sus antepasados. Su Graciosa Majestad -la gracia se le supone: no es evidente- ha sobrevivido a sus ancestros y, lo que es más difícil, a sus descendientes. En cuanto a los primeros, Isabel de York nació con nulas probabilidades de reinar, ya que el monarca era su tío, Eduardo. Quiso la fortuna que a éste, además de sus amistades peligrosas con los jerarcas nazis, le diera por casarse con una americana divorciada, Wallis Simpson, y abdicar, no sabemos si por lo primero o por lo segundo. La noticia de que se acababa de convertir en reina le pilló en Kenia, todo muy imperial.
Lo de sus descendientes es peor. El culebrón Diana, con su dramática muerte, obligó a una soberana a la que hasta entonces sólo se podía reprochar su gusto en bolsos a humillarse públicamente por no haberse mostrado suficientemente dolida. La sola idea de que los habitantes de la 'Cool Britannia' de Tony Blair esperaran de su reina que fuera a ponerse a lagrimear como una verdulera de Covent Garden en un funeral es prueba de que la decadencia nos alcanza a todos.
La clave de Isabel -y, por extensión, de la Monarquía británica- es haberle dado la vuelta al adagio lampedusiano: que todo siga igual para que todo pueda cambiar.En cualquier caso, no tengo inconveniente alguno en que Dios salve a la Reina.
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Cartas que cuentan otras razones, que hablan de lo que no sabemos, de lo que sabemos y negamos, que abren ojos, nos admiran o nos enfadan. S ...
3 Comentarios
No haga caso Sr. Esteban. Esta vez se ha currado usted un poquito más el artículo.
Muy al contrario pienso que el tono mordaz del autor es precisamente para ironizar sobre una supuesta monarquía a la que solo le queda la cáscara. Dudo mucho que el autor hubiera salido a celebrar la boda de Alfonso el llamado "XIII" porque a aquello ya no le quedaba ni la cáscara. Un español católico sabe distinguir perfectamente una Monarquía de una opereta, como ha hecho estupendamente el autor. Y esto lo escribe un español, católico, monárquico y para rizar el rizo, anglófilo. Y la Isabel "II" esta: una usurpadora germana y poco más.
estoy seguro de que si el autor de este Blog viviera en 1906 saldría a la calle con la Union Jack a celebrar la Unión entre Alfonso XIII y Victoria Eugenia Ungido por el espíritu anglófilo de la época, creo que este tono mordaz hacia la monarquía y la iglesia británica esta movido por los típicos y tópicos complejos españoles y católicos, nada nuevo por aquí...
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